La congresista de izquierda Sigrid Bazán, una de las principales impulsoras de una nueva asamblea constituyente y de la llamada “refundación” del país, vuelve a quedar en el centro de la polémica tras la revisión detallada de su hoja de vida presentada ante el Jurado Nacional de Elecciones (JNE).
Según la información oficial declarada, Bazán registra ingresos anuales superiores a los 405 mil soles, provenientes exclusivamente del sector público. A ello se suma la propiedad de un departamento ubicado en San Isidro, específicamente en la zona de Aurelio Miró Quesada, con un autovalúo de S/ 199,003.78, cifra que diversos analistas consideran notoriamente baja para el valor real del mercado inmobiliario en esa zona. Además, la parlamentaria declaró ser propietaria de una camioneta Kia Seltos 2025 automática, valorizada en más de 81 mil soles.



Estos datos contrastan de manera directa con el discurso político que Bazán suele enarbolar desde la izquierda radical, donde se cuestiona el modelo económico, se ataca la estabilidad constitucional y se promueve una nueva asamblea constituyente, vieja receta socialista aplicada en otros países de la región con resultados ampliamente cuestionados.
La contradicción se vuelve más evidente al recordar sus declaraciones sobre Venezuela. En entrevista con la periodista Milagros Leiva, para El Comercio, la congresista sostuvo que los ciudadanos venezolanos debían “resistir, insistir, protestar y ejercer su derecho legítimo”, incluso tras décadas de crisis, represión y empobrecimiento. Cuando fue interpelada sobre los 26 años de resistencia —y comparada con los 60 años del caso cubano—, Bazán evitó una autocrítica sobre los resultados reales de esos procesos políticos.
Resulta, cuanto menos, paradójico que se convoque a la población a “resistir” desde una posición de comodidad económica, con ingresos elevados, bienes inmuebles en distritos exclusivos y un estilo de vida distante de la precariedad que enfrentan millones de peruanos. La izquierda que Bazán representa parece exigir sacrificios colectivos mientras disfruta de los beneficios del sistema que públicamente cuestiona.
Hablar de lucha, resistencia y cambio estructural desde la riqueza y el privilegio no solo debilita la credibilidad del discurso, sino que refuerza la percepción de una élite política desconectada de la realidad, que propone para el país un modelo que ella misma no está dispuesta a vivir.










