Uno de los errores más recurrentes en sectores de izquierda y en ciertos círculos académicos es la tendencia a idealizar la pobreza y a las personas provenientes de zonas rurales como si sus condiciones de vida garantizasen virtudes morales. Esta romantización del “provinciano bueno por naturaleza” ha terminado distorsionando el análisis político y social, al exaltar características personales por encima de capacidades, formación profesional o propuestas concretas.
Este enfoque, que parece inspirado en la figura del “buen salvaje” de Rousseau —el individuo puro por su cercanía con la naturaleza y alejado de las instituciones corruptoras—, termina despojando de individualidad a las personas, reduciéndolas a símbolos folclóricos o a estandartes ideológicos. Ejemplo claro de esta visión fue cuando un escritor pidió que Pedro Castillo jure a caballo en el Congreso, como si su identidad se definiera únicamente por sus raíces campesinas y no por sus decisiones o propuestas como presidente.
Esta lógica también se manifestó en la percepción de figuras como Dina Boluarte y Alejandro Toledo, quienes fueron elevados por sectores progresistas más por sus orígenes que por su mérito técnico o moral. El resultado de esa romantización ya lo conoce el país: gestiones erráticas, falta de visión de Estado y, en algunos casos, graves cuestionamientos éticos y legales.
Incluso se llegó a exaltar actos violentos como bloqueos de carreteras o marchas con machetes en Lima, bajo la justificación de que estos eran gestos legítimos de protesta provenientes de sectores marginados. Pero no todo reclamo social se convierte automáticamente en justo por el origen de quien lo hace, ni toda acción merece indulgencia solo porque es ejecutada por alguien pobre o andino.
En suma, romantizar la pobreza es otra forma de discriminación, una mirada condescendiente y paternalista que en lugar de empoderar, simplifica y estigmatiza. Las personas deben ser reconocidas por su pensamiento, integridad y acciones, no por su lugar de procedencia o su condición económica.
Es hora de superar el mito y comenzar a exigir lo mismo para todos: competencia, ética y responsabilidad, sin idealizaciones ni prejuicios.









