Bolivia entra en una nueva era política. Tras las elecciones generales del 17 de agosto, los candidatos Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), y el expresidente Jorge “Tuto” Quiroga, de Alianza Libre, se enfrentarán en una segunda vuelta electoral prevista para el 19 de octubre, en un contexto de alta incertidumbre económica y fractura ideológica.
Es la primera vez en la historia democrática reciente del país que será necesario un balotaje para decidir la presidencia. Ambos candidatos han desplazado al oficialismo masista y han capitalizado una ciudadanía descontenta, marcada por la crisis económica, la fragmentación de la izquierda y la división en la oposición.
El ascenso inesperado de Paz
Rodrigo Paz, senador y hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, obtuvo el 32,1% de los votos, según los datos preliminares del Tribunal Supremo Electoral (TSE), superando todas las proyecciones. Su ascenso se consolidó en La Paz y antiguos bastiones del MAS, territorios que hasta hace poco parecían inquebrantables.
Paz no solo recibió el apoyo inmediato del empresario liberal Samuel Doria Medina, que quedó tercero con un 19,9%, sino que su candidatura se vio impulsada por el carisma de su compañero de fórmula, Edmand Lara, un exoficial de policía convertido en símbolo de lucha anticorrupción.
Quiroga, el regreso del conservadurismo clásico
Con un 27% de los votos, el exmandatario Jorge Quiroga, que presidió el país entre 2001 y 2002, vuelve al escenario político como una figura claramente anti-masista. Su discurso centrado en la recuperación institucional y el rechazo al modelo populista del MAS ha calado especialmente en sectores conservadores del oriente boliviano.
Pese a su perfil polarizante, Quiroga ha consolidado una base electoral estable, y su figura sigue siendo vista por amplios sectores como un estadista con experiencia y firmeza frente al autoritarismo.
El MAS, desintegrado y sin rumbo
El gran derrotado de la jornada fue el Movimiento al Socialismo (MAS), que por primera vez en dos décadas no estará en segunda vuelta. Su división interna resultó letal: Evo Morales, inhabilitado por el Tribunal Constitucional, promovió el voto nulo, mientras Luis Arce se retiró y su delfín, Eduardo del Castillo, no logró ni el 2% de los votos.
El intento del senador Andrónico Rodríguez por representar una opción renovadora de izquierda fracasó, quedando relegado al 5,5%, muy por debajo del histórico caudal electoral del MAS.
Economía e incertidumbre, ejes del descontento
La elección se desarrolló en un clima de apatía social y angustia económica. La población enfrenta una inflación anual del 25%, escasez de combustibles, caída del valor del boliviano en el mercado paralelo y una crisis de representación sin precedentes. Según la Fundación Friedrich Ebert, más del 50% de los bolivianos manifiestan alto nivel de incertidumbre sobre el rumbo del país.
Sin embargo, la vía democrática prevaleció. Pese al descontento, no se registraron estallidos sociales ni boicots generalizados. Como destacó el analista José Luis Exeni, “los bolivianos eligieron las urnas, no las calles”.
Panorama rumbo al 19 de octubre
La segunda vuelta será una disputa inédita entre el centro moderado y el conservadurismo tradicional, sin presencia de la izquierda histórica. Ambos candidatos deben ahora ampliar sus bases, seducir al electorado indeciso y responder al clamor de gobernabilidad y estabilidad económica.
El resultado será clave no solo para el futuro inmediato del país, sino también para reconfigurar el mapa político de Bolivia tras el colapso del ciclo masista.
Después de 20 años en el poder, la izquierda impulsada primero por Evo Morales y luego por el presidente Luis Arce dejará el poder en noviembre.









