La gestión de Agustín Lozano al frente de la Federación Peruana de Fútbol ha generado un profundo malestar en el ámbito deportivo nacional. Desde su asunción, el panorama del fútbol peruano parece desmoronarse, dejando a todos sumidos en la incertidumbre y la frustración. A pesar de haber logrado la clasificación al Mundial Rusia 2018, poco se ha mejorado en el país, con problemas que persisten y se agravan con el paso del tiempo.
El reciente contrato con 1190 Sports ha generado más controversia que soluciones. Si bien la Liga 1 ha recibido beneficios, la Liga 2 y el Fútbol Femenino se encuentran en una situación desfavorable, sin el respaldo esperado y teniendo que lidiar con gastos que ahora recaen completamente sobre ellos, sin contratos de transmisión de partidos que les proporcionen ingresos adicionales.
Sin embargo, la sorpresa más inesperada surge dentro del círculo cercano de Agustín Lozano. Aunque no es propiamente el presidente del equipo, su familia sí está involucrada en el club Juan Pablo II, que ha captado la atención por sus recientes movimientos. Este equipo, que pasó de la Copa Perú a la Liga 2, ha llamado la atención al adquirir un nuevo campo de entrenamiento con una extensión de 5 hectáreas. La fuente de financiamiento para esta adquisición es un misterio, especialmente considerando que ni siquiera algunos clubes de la Liga 1 cuentan con instalaciones de tal magnitud.
Este desarrollo plantea interrogantes sobre los vínculos entre la gestión de Lozano en la FPF y su impacto en el ámbito deportivo. Aunque no puede ser propietario del equipo, su esposa ostenta ese rol, lo que ha generado especulaciones sobre posibles conflictos de interés. En este sentido, las negociaciones de contratos con nuevos jugadores por parte de Lozano han suscitado aún más dudas, alimentando la incertidumbre en torno a las prácticas dentro de la Liga 2 y planteando interrogantes sobre la transparencia en la gestión deportiva.









